Esta frase de Lacan nos recuerda algo fundamental: la comunicación entre las personas no es tan clara ni directa como creemos.
No es solo cuestión de “decir bien” algo, sino de cómo el otro lo interpreta desde su propia historia, sus emociones, sus creencias y deseos, o incluso desde como le gustaría escucharlo.
Desde el psicoanálisis el lenguaje no transmite un sentido único, sino que se desliza, se interpreta, se reacomoda. El otro escucha desde su inconsciente, no desde una neutralidad. Por eso, lo que uno dice puede ser escuchado de manera muy distinta a la que se esperaba.
En nuestras relaciones más cercanas, amigos, familia, trabajo, esto puede generar malentendidos, conflictos o silencios.
Uno cree que está siendo claro, incluso afectuoso, pero el otro puede sentirse criticado, ignorado o herido. No porque se dijo mal, sino porque el otro oyó otra cosa.
Entonces, la clave no está solo en hablar, sino en estar dispuesto a dialogar, a preguntar cómo fue recibido lo dicho, a reparar, a tolerar que el otro escucha desde su subjetividad.
En contextos laborales, esta frase cobra una fuerza especial.
Muchas veces se asume que dar una instrucción o hacer una devolución es suficiente. Pero si no se contempla cómo el otro la escucha, podemos encontrarnos con respuestas defensivas, desmotivación o confusión.
Un supervisor de área puede decir: «Necesito que mejoremos este informe». Pero un colaborador puede escuchar: «Tu trabajo no sirve», si lo recibe desde un lugar de inseguridad o desvalorización.
Entonces, en el trabajo, esta frase nos invita a:
- No dar por sentado que el otro entendió como uno quiso decir.
- Validar la escucha del otro, preguntar, chequear, abrir espacio al diálogo.
- Aceptar que el lenguaje tiene un margen de ambigüedad inevitable.
- Cultivar una comunicación donde haya lugar para las diferentes formas de escuchar.
En resumen:
Uno habla desde lo que cree que dice. El otro escucha desde lo que vivió, teme o espera.
La comunicación humana —según Lacan— siempre tiene un punto de desencuentro.
Reconocerlo no debe angustiarnos, sino llevarnos a construir relaciones más conscientes, tanto en lo personal como en lo laboral.

